Los
sucesos contados aquí ocurrieron en el mes de abril del año 2001.
El día tres de abril del año dos mil uno, por la tarde, comenzamos el
camino rumbo a Zapotitlán de Méndez,
Puebla. El viaje comenzaba desde el patio de la Facultad de Filosofía y Letras
en la Ciudad Universitaria, que a su vez estaba incrustada dentro de la Ciudad
de México. El viejo autobús de la facultad, un Mercedes Benz con capacidad para
cuarenta personas (en este caso treinta y ocho estudiantes y dos profesores),
recorrió la autopista México-Puebla y luego la México-Veracruz hasta la
desviación a Libres. Al llegar al poblado de Zaragoza, donde fue que comenzó la
Sierra Norte con sus montañas cubiertas por los depósitos piroclásticos del
volcán Caldera de los Humeros y sus desniveles topográficos de hasta mil metros,
el sol ya se había ocultado.
La caldera volcánica, la de Los Humeros, se localizaba hacía el suroeste de
nuestra ruta, cerca de Perote, y era lo que había quedado de un periodo de
intensa y catastrófica actividad volcánica ocurrida mucho antes (de 1.5
millones de años a 20 mil años atrás) de que los primeros seres humanos
poblaran América. Los flujos piroclásticos de estas erupciones se habían
abierto paso entre la sierra de estructuras plegadas y rocas calcáreas, dejando
tras de sí una capa de pómez y ceniza, casi como si espolvorearas galletas con
azúcar glas.
En el autobús, la mayoría de los estudiantes íbamos callados, ninguna
charla se sostenía más de media hora antes de volverse insoportable en aquella
carretera. Los más sensatos implosionaban en sus aparatos de sonido portátiles,
audífonos y la música que les permitía pasar de mejor forma las horas sentados
en los incómodos asientos del vehículo. Aunque ya todos sabíamos que era un
pecado para un geógrafo dormirse durante algún trayecto carretero (se esperaba
que absolutamente todo lo que observabas a través de la ventanilla debía de
interesarte), no pocos eran los que se pasaron la mayor parte del trayecto,
sosegados, casi dormidos con los ojos abiertos para no ser descubiertos. Ay de
aquel que roncara.
Pasamos por Zacapoaxtla y la carretera inter-serrana nº 88 subía y bajaba
entre curvas por la sierra de abruptas laderas. El motor del vetusto camión
protestaba en cada pendiente haciendo temblar toda la carrocería. La Sierra
Norte era el resultado de millones de años (al menos 280) de procesos
geológicos que literalmente la levantaron desde el lecho marino hasta tocar las
nubes mismas. Las rocas que originalmente la conformaron tenían su origen en
los sedimentos lodosos del fondo marino, de ahí que este tipo de rocas reciban
la denominación de rocas sedimentarias. Esta secuencia de rocas sedimentarias
fueron plegándose por el movimiento de la corteza terrestre y sus placas
tectónicas. La historia del planeta Tierra ha sido divida por los geólogos en
eras, en el caso de las montañas de la Sierra Norte, puede ubicarse su creación
durante el Paleozoico y su desarrollo continuó durante el Mesozoico, esta
última etapa es famosa por la presencia en todo el planeta de los grandes
dinosaurios. Y por esas arcaicas rocas rodaba el camión de la Facultad con
nosotros abordo.
Finalmente, ya con la vigilancia de la luz de
la luna, la carretera inter-serrana ingresó a Zapotitlán, convirtiéndose en su
calle principal que llevaba por nombre la fecha de la batalla de Puebla, 5 de
mayo. Si se continuaba por la carretera inter-serrana, se llegaba a Tepango de
Rodríguez, Ahuacatlán y hasta Zacatlán de las Manzanas que todavía no soñaba
con ser pueblo mágico, simplemente lo era. El autobús se estacionó como pudo
delante de la posada del pueblo. El edificio de la hostería era una casona
antigua de paredes de adobe recubiertas de yeso, y de techos a dos aguas
cubiertos por tejas de barro cocido. Una escalera daba acceso a la segunda
planta y de ahí a un punto alto por encima del techo, y desde ese lugar, muy
temprano en la mañana, fue que se nos reveló, café caliente en mano, el paisaje
que nos rodeaba y el monstro que habíamos venido a estudiar, era como una
cicatriz en la montaña que quedaba de frente a nuestra vista, era enorme, era
el deslizamiento de Zapotitlán de Méndez.
La materia que cursábamos era la de geomorfología. Había estudiantes de
segundo año y otros de cuarto año. Para los estudiantes de segundo año la
materia era obligatoria y por ello había todo tipo de personalidades sui
géneris que no necesariamente querían ni mucho menos disfrutaban con una
materia de ese tipo. De todos mis compañeros de grado yo solamente le hablaba a
uno llamado Toño, él era un joven que ya rayaba los treinta años y que ya no se
podía regodear en el disfrute de ser estudiante universitario pues era de esos
héroes anónimos que estudiaban y trabajaban al mismo tiempo, asimismo mantenía
una esposa y un hijo. A pesar de esta madurez precoz, traducida en una
extraordinaria capacidad para el albur, Toño era un tipo tranquilo y amigable.
El resto de mis demás compañeros si cumplíamos mejor con el estereotipo de
estudiantes confundidos, inocentes e ignorantes de muchas cosas en la vida;
todos buenos tipos, algunos muy inteligentes, otros no tanto, todos con grandes
proyectos de vida, sueños u optimismo, los más ya eran para entonces grandes
bebedores de cerveza.
El caso de los estudiantes de cuarto año era diferente, para ellos la
materia era optativa y el que estuvieran ahí ya reflejaba una vocación, una
postura y hasta una forma de ser ante el mundo: los geógrafos físicos. Así, en
los compañeros de cuarto año una podía identificar la pasión con la que
observaban las montañas y los ríos, las rocas y las formas de relieve. La
seguridad con la que tomaban cualquier piedra en el camino y te decían qué tipo
de roca era, enamoraba… aunque, frecuentemente se equivocaban (lo sabría años
después cuando yo misma tomaba cualquier roca y jugaba a adivinar su tipo).
Como fuese, la mayoría de los chicos de cuarto año que conocí en esa práctica
siguieron de alguna u otra forma relacionados con la geomorfología.
La geomorfología es la disciplina que se encarga del estudio de las formas
del relieve, y los procesos de remoción en masa o deslizamientos, coloquialmente
conocidos como deslaves, derrumbes o desgajamientos de cerro, son un componente
importante de la dinámica del relieve terrestre. Tan solo dos años antes, el 05
de octubre del año 1999, la depresión tropical nº11 del Atlántico ocasionó
lluvias extraordinarias sobre la Sierra Norte de Puebla que detonaron la
ocurrencia de múltiples deslizamientos en la región. Ese evento era el que nos
había llevado hasta esa práctica.
En el evento de 1999, en Teziutlán, una ciudad también enclavada en la
Sierra Norte, un deslizamiento había sepultado decenas de casas y se había
cobrado la vida de 109 personas en un caserío localizado en la colonia La
Aurora de esa ciudad. En los reportajes para la televisión podían apreciarse las
imágenes de los rescatistas improvisados (otros habitantes) sacando del lodo
los cuerpos sin vida de sus vecinos mientras todavía seguía lloviendo. En otros
puntos de la Sierra Norte también se registraron tragedias en esa ocasión pero
ninguna tan mediática como la ocurrida en La Aurora. El desastre fue catalogado
por las autoridades y los medios de comunicación como la peor tragedia desde el
terremoto de 1985 en la Ciudad de México.
En Zapotitlán, no había habido desgracias, pero si muchos deslizamientos, y
uno de estos era de los más grandes registrados en la historia de nuestro país.
Por fortuna, esa mole de rocas y suelo descendiendo por una ladera no habían
atravesado ningún lugar del poblado de Zapotitlán, solo había destruido una
carretera que ascendía por esa ladera.
A las ocho de la mañana todavía varios de nosotros estábamos en lo de comer
alguna cosa de prisa que hiciera de desayuno, yogurts bebibles en botes de
plástico, frutas secas, algún pan frío comprado en la tiendita de abarrotes del
centro del poblado, lo que fuera servía. En la posada, para nuestra gracia, nos
ofrecieron café, eso fue un privilegio.
Una frescura se sentía con el viento que venía del Este, el prodigioso
sonido de los cantos de diferentes pájaros se escuchaban como una sinfonía que
celebraba la mañana. Con ese preámbulo, una podía saber que se avecinaba un
gran día.
Los profesores organizaron al grupo, nos recomendaron llevar sufriente
agua, y cuando estuvimos listos, salimos en procesión por la calle principal
del pueblo buscando el cauce del río Zempoala. Para los habitantes más viejos
del poblado, aquella columna de estudiantes debió haberles recordado a los
“huehues” del carnaval. Éramos tantos y tan distintos que no se requerían las máscaras.
Y el motivo de nuestra visita también debió haberles parecido extraño, pues no
tiene mucho sentido andar hurgando en la tierra y midiendo el derrumbe cuando
se sabe por conocimiento milenario totonaca que Akgzini, el dueño del
mar, desata su furia en forma de lluvia al menos una vez por generación; y que
esa furia divina, tiene relación con el mal uso del monte, cuyo dueño es Kiwi
Kylo. Así, eso de andar talando el monte, de atravesarlo con carreteras
para automotores que arrojan humo al aire y andar llenando los cauces de tanto
plástico y demás basura, es suficiente para entender porque pasan los
derrumbes. En un principio, el limitado mundo de la academia e investigación
científico, denostó y rechazó este tipo de pensamiento y se consideraba que era
una señal inequívoca del atraso y la falta de progreso; pero actualmente los
especialistas empiezan a encontrar el valor y la relación de esos saberes con
su propia actividad científica, además de que este conocimiento, aunque
fragmentado, aún puede ser un elemento útil en la prevención de desastres.
Las casas del centro del poblado eran como la posada, muros blancos y
azoteas de tejas, además tenían amplios patios llenos de árboles frutales o
huertos. No faltaba el cacareo de las gallinas y en el aire se respiraba un
sabroso aroma a café. La calle pavimentada con concreto por la que caminábamos
dio paso, luego de no mucha distancia, a una terracería.
Los estudiantes más avanzados iban por detrás de los profesores, los más
inexpertos cuidábamos la retaguardia y no decíamos mucho, solo mirábamos aquel
caserío que a cada cual le traía recuerdos diferentes pero agradables. También
levantábamos la vista hacía los cerros que rodeaban el valle fluvial donde se
localizaba Zapotitlán, y de vez en vez, no se podía evitar, dábamos un vistazo
a la cicatriz que sobre la montaña había dejado el mounstro. En las mochilas de
cada uno había espacio para una libreta de campo, lápices, plumas, una botella
de agua, algún alimento para el almuerzo, y solo los más pudientes se permitían
llevar consigo una brújula, una cámara réflex o incluso un GPS. Todos
llevábamos algo para cubrir nuestras cabezas del sol, ya fuera un sombrero o
visera, algunos un paliacate. Las botas para caminar eran obligatorias, las
camisas de manga larga predominaban sobre las de manga corta y los pantalones
de secado rápido sobre los de mezclilla. Muy pronto en la carrera, el alumnado
que sale a las prácticas de campo, aprendía que el atuendo citadino era una
condena terrible en regiones de mucho calor y humedad como lo era Zapotitlán.
La caminata se detuvo en un punto determinado por los profesores. El río
dibujaba su curso de sur a norte y tenía un cauce principal y uno emergente o
activo durante las crecidas. Los catedráticos nos indicaron que estábamos sobre
los depósitos de un deslizamiento, había rocas de distintos tamaños, las más
grades de dos a tres metros de diámetro. Después de varias suposiciones y
opiniones se dedujo que el depósito era resultado de varios deslizamientos. Sin
duda había habido un proceso de mayor magnitud y volumen sobre el que se habían
desarrollado después deslizamientos más pequeños. El movimiento tenía una
dirección norte hacia la pendiente y las rocas sobre el depósito presentaban su
eje mayor perpendicular a la misma. Observando esa característica predominante
en la disposición de las rocas es como se podía determinar la dirección de
dónde provenía el deslizamiento. Además, los árboles que crecían sobre el cauce
(vegetación de galería), presentaban una ligera inclinación que coincidía con
la dirección que marcaba la disposición del eje mayor de las rocas.
Mientras los profesores hacían las preguntas para despertar la imaginación (geo-ficción)
y el debate, la mayoría de nosotros apuntábamos velozmente sobre nuestras
libretas todo lo que alcanzábamos a procesar. A otros les bastaba con escuchar
y poner atención, otros como yo, hacíamos representaciones gráficas de lo que
se observaba. De cuando en cuando, algunos levantaban su cámara fotográfica
para tener una imagen más precisa y perdurable de lo que veían.
Terminado el primer punto, subimos por la pendiente sur del pueblo entre
las siembras de maíz, árboles de naranjos y platanares cuyos frutos se pudrían
al sol pues nadie los recolectaba. También había plantas de café que crecían a
la sombra de esos árboles y arbustos más grandes. Llegamos hasta un paraje
donde se localizaba un pequeño deslizamiento. Aquel movimiento, localizado en
una ladera desmontada cubierta solo por una fina capa de hierba verde y
arbustos pequeños, era casi perfecto para ser tomado como modelo en un esquema
de libro de geomorfología, si no fuera por un encino al pie del deslizamiento
que estorbaba la visión completa del mismo.
Se trataba de un movimiento complejo de acuerdo a la clasificación de
Cruden y Varnes (1978), pues incluía dos tipos de movimiento: un deslizamiento
(así había comenzado) y un flujo. Esta clasificación asume que hay distintos
tipos de deslizamientos: las caídas, muy comunes en los cortes de carretera;
los vuelcos, frecuentes en laderas abruptas formadas por paquetes masivos de
rocas; los deslizamientos propiamente dichos en donde el material desplazado
literalmente se desliza sobre una zona de ruptura; y los flujos, que se
asemejan más al comportamiento que muestra el agua al descender por una
pendiente. Cuando hay en un solo movimiento una combinación de tipologías es
cuando se establece que se trata de un movimiento complejo.
El material también es importante, puede tratarse de rocas, detritos o
suelo. En este caso, era toba volcánica, la emanada por la Caldera de Los
Humeros ya mencionada. La toba en esta zona era de textura arenosa y deleznable
que contenía pequeños bloques de pómez incrustados. Originalmente, este
material, sumamente caliente, había avanzado velozmente desde la caldera hasta
este punto en Zapotitlán de Méndez, destruyendo todo a su paso. El flujo piroclástico
avanzó hasta ese lugar recorriendo casi setenta kilómetros desde la caldera de
Los Humeros. Y se depositó ahí, sobre las rocas calcáreas de las montañas de
Zapotitlán en un tiempo en que el pueblo aún no existía (hace aproximadamente
550 mil años que fue cuando ocurrió la denominada erupción de Xaltipan).
Sobre el pequeño deslizamiento se
identificaron varias de las partes que se tenían del modelo idealizado que
aparecían en las distintas fuentes bibliográficas que habíamos consultado
previo a la realización de la práctica. También hubo atributos que, por más que
se buscó, no se lograron reconocer, por ejemplo los segundos escarpes. Quizás
el paso del tiempo ya los había borrado o simplemente no los había habido desde
el comienzo.
A la sombra del encino al pie del deslizamiento, los profesores explicaron
qué características se debían tomar en cuenta para el estudio en campo de estos
fenómenos naturales. El primero era identificar el tipo de material, el segundo
medir el ángulo de la pendiente ya que ese dato tiene relación con la velocidad
con la que se desplazará el material, así como la distancia que podrá recorrer
en su camino ladera abajo. Observar si existe vegetación también es clave pues
si una ladera está cubierta densamente por vegetación esta evitará que un
volumen excesivo de agua llegué al suelo y se infiltre hasta saturarlo.
Finalmente, se debe observar si no hay o no fallas o fracturas geológicas
presentes en la zona del movimiento.
Con la ayuda de flexometros y cintas
métricas más sencillas, los estudiantes nos pusimos a medir el movimiento en
todos sus flancos posibles, las lecturas se apuntaban en las diferentes
libretas y se formaron equipos para compartir los resultados. Al límite del
punto más alto del movimiento, bajo el sol del mediodía, la Doctora I……, retomó
la discusión sobre lo que se estaba observando y explicó que si se presentaban
surcos pluviales y grietas en la corona (la parte superior del deslizamiento),
era señal de que estaba activo, es decir que se seguía moviendo. Los
estudiantes de segundo año estábamos nerviosos y tratábamos de entender toda
esta nueva información de la mejor forma, los estudiantes de cuarto año, por su
parte, se miraban más confiados y serenos.
Ganarse un lugar en la práctica de geomorfología no era un asunto sencillo,
el profesor Z……. llevaba a cabo un estricto procedimiento de selección que
incluía un examen escrito, de esta manera, se podía decir que los alumnos de su
grupo éramos los que mejor desempeño habían tenido en esas pruebas. El profesor
tenía dos grupos, uno matutino y uno vespertino. En la práctica había el doble
de alumnos del turno vespertino pues era un grupo mucho más abierto a expresar
sus dudas. Desde mi punto de vista particular, se trataba de personas más curtidas
que las que conformábamos el grupo de la mañana, que éramos un conjunto lleno
de inseguridades y mostrábamos poco ánimo por saber más, a la mayoría le
bastaba la nota aprobatoria y poco más. Y estas diferencias también se notaron
en la práctica. No pocas veces, yo miraba a Toño y él me miraba a mí, como si
con ese solo acto acordáramos que ninguno debía arriesgarse a contestar ni
preguntar nada, so pena del ridículo público.
Por otra parte, el grupo de cuarto año de la doctora I…… era mucho más
pequeño, no más de diez alumnos, pero parecían tener claro cuál sería su camino
profesional. Al menos era indudable que sabían mucho más cosas que el
resto.
Luego de terminar en ese punto, caminamos más hacía el sureste y ahí nos
encontramos con otro deslizamiento complejo, mucho más grande que el anterior y
que si había causado daños a una serie de viviendas en la comunidad. Las casas
dañadas estaban en la parte baja de la ladera, el material removido del
deslizamiento se había desplazado hasta bajar por la calle donde se encontraban
las casas. Este material se observaba más caótico y revuelto, e incluía rocas
de hasta un metro de diámetro. La vegetación tampoco había recolonizado la zona
del escarpe y depósito del deslizamiento. Luego del reconocimiento, se
determinó que el material preponderante en este deslizamiento era un tipo de
roca conocida como lutita, era rocas deleznables, débiles y que se presentaban
en estratos de manera horizontal formadas a partir de lodos prehistóricos. Este
material era el que servía de soporte a todo lo demás: una sucesión de rocas
basálticas (hoy creo más que eran andesitas y no basaltos) que se forman al
solidificarse la lava expulsada por un volcán y un depósito de toba volcánica
producto de los flujos piroclásticos de La Caldera de los Humeros. El alcance
en distancia de las lavas fluidas es mucho menor que el de los grandes flujos
piroclásticos, por lo que se infería que el origen de los basaltos podía no ser
la Caldera de Los Humeros sino otro punto de emisión.
Respecto a los flujos piroclásticos, los detalles son interesantes. En
algún momento de su existencia, la caldera de Los Humeros, fue un edificio
volcánico con la clásica forma de cono como la que muestra actualmente el
Popocatépetl. La formación de este edificio volcánico comenzó aproximadamente
hace 1.5 millones de años, y hace 450 mil años fue que ocurrió la erupción que
hizo que el edificio colapsara y se formara en su lugar la caldera. El termino
caldera explica por sí mismo el aspecto y forma que tienen este tipo de
volcanes, en donde las paredes exteriores que forman la caldera son lo único
que queda en pie del edificio volcánico luego de la erupción.
Las erupciones que forman una caldera suelen ser muy intensas. Existe un
Índice de Explosividad Volcánica que sirve para medir la intensidad de las
erupciones. Así, la gran erupción de Yellowstone o la del volcán Toba de Nueva
Zelanda, fueron erupciones con el índice de explosividad más alto que se ha
podido estimar: 8. Para cuando la erupción de Yellowstone ocurrió, los seres
humanos aún no existían, cuando la erupción del Toba, ya existían seres humanos
y pudieron vivir el descenso de 3.5 º centígrados de la temperatura media
global durante varios años (invierno volcánico), situación que debió ser
impactante, un auténtico cambio drástico en la vida de los seres humanos
nómadas y cazadores-recolectores de aquellos años. Al menos eso intuimos pues
aquellos seres humanos no parecen haber dejado registro, ni oral ni escrito o
pictográfico, de esos sucesos.
Continuando con estas grandes erupciones volcánicas, en el año de 1816,
hizo erupción el volcán Tambora en Indonesia y se le adjudica ser el causante
de que ese año haya sido denominado “el año sin verano”, ya que las
temperaturas descendieron entre 0.4 y 0.7 grados centígrados. La erupción del
Tambora está clasificada con un Índice de Explosividad 7.
Pues bien, la erupción que formó la Caldera de Los Humeros, la erupción
Xaltipan, fue también de grado 7 en el Índice de Explosividad Volcánica. Y los
depósitos de esa erupción, un flujo de pómez gigantesco, llegaron hasta lo que
hoy es Zapotitlán de Méndez. Para mi resultaba apasionante imaginar aquel
evento de magnitud terrible, debió haber arrasado con toda la vegetación y
fauna alrededor de la caldera, la destrucción debió haber sido, sin duda, abrumadora.
Y ahora, quinientos cincuenta mil años después, un grupo de estudiantes
tomábamos con las manos aquella toba deleznable, con la tranquilidad que daba
tener el pasado geológico muy distante en el tiempo, lejano e imposible.
En la zona baja del deslizamiento, se identificaron depósitos de
deslizamientos anteriores, pero sin duda
mucho más recientes que la toba Xaltipan. Para poder determinar la edad de esos
depósitos se podían utilizar métodos como la datación mediante la técnica de
radiocarbono, pero tales estudios eran para entonces muy costosos. Una opción
más sencilla era la dendrocronología, un estudio de los anillos de los árboles
que se forman cada año, estos anillos crecen concéntricos pero durante un
deslizamiento sufren un ligero desplazamiento debido a que todo árbol tiende a
crecer vertical, y cuando un deslizamiento lo alcanza el árbol se inclina. No
hubo oportunidad de buscar a fondo relictos orgánicos que pudieran servir para
un estudio dendrocronológico.
Luego del desastre de 1999 en Zapotitlán, la presidencia municipal de
entonces, había ordenado construir un canal para encausar una corriente que
bajaba de la ladera sur (al menos eso se nos informó), esto se hizo con la intención
de mitigar el daño que ocasionaba la corriente en tiempos de crecida. Sin
embargo, el canal era tan estrecho que solo podía esperarse que agravara la
situación en lugar de componerla. Era un canal de apenas un metro de ancho y un
metro de alto, mientras que en la zona donde el río no había sido encausado
artificialmente el canal natural del río era de tres metros de ancho por dos de
alto. En época de crecida, el canal natural era simplemente rebasado. Por otra
parte, el canal corría perpendicular a la pendiente, por lo que no solo sería
superado por la corriente que iba de este a oeste, sino también por las aguas
provenientes de las corrientes que bajaban de la ladera. Así, el canal sería
taponeado y cubierto por sedimentos y basura que el agua transporta y se
desbordaría rápidamente, inundando las casas y calles de esa zona del
pueblo.
Para cuando dieron las seis de la tarde el sol ya estaba por ocultarse.
Bajamos al centro del pueblo por la calle Juan M. Lucas, una callecita estrecha
desde donde se observaba el rasgo más particular de Zapotitlán de Méndez, su
hermoso campanario. La torre del campanario estaba separada del cuerpo
principal de la iglesia y constaba de tres cuerpos, un basamento, la cúpula que
albergaba las campanas y estaba rematada con arcos adornados con molduras. La
estructura de más de veinte metros de altura, estaba pintada toda de blanco
pero la humedad le había ocasionado una serie de manchas oscuras que descendían
de sus cornisas. Por información de los pobladores supimos después que el
campanario albergaba cinco campanas de bronce sostenidas por vigas de
cuajilote, un árbol que se encontraba en la sierra1.
No era fácil conocer la fecha exacta del término de la construcción de la
iglesia dedicada a la Señora de la Natividad, pero se conocía que las actuales
campanas databan, por inscripciones en las mismas, del año 18491.
El campanario estaba separado de la iglesia por la extensión cubierta de
césped del atrio. Algunos árboles y palmas crecían en este espacio dividido en
dos por el pasillo central que conectaba las puertas de la iglesia con la
calle.
La iglesia de Nuestra Señora de la Natividad tenía un aspecto sencillo, con
su nave única y sus muros blancos reforzados con contrafuertes, había sido
construida por frailes franciscanos en los tiempos de la evangelización de los
indios.
Zapotitlán, que significa “tierra de zapotes”, había sido fundado mucho
antes de la llegada de los españoles. En la entrada de la gruta al norte del
poblado se encontraron restos arqueológicos que demostraban que al menos la
gruta era visitada. La región en su conjunto, había formado parte del
Totonacapan y pertenecía al señorío de Zempoala. Los totonacas fueron
conquistados posteriormente por los mexicas al mando de los emperadores Tizoc y
Ahuitzol a finales del siglo XV. Y en 1523, Hernán Cortés y sus hombres pasaron
por aquí cuando iban de camino a Veracruz. Con la espada llegó la cruz, acaso
es que eran la misma cosa, y comenzó el complicado proceso de la evangelización
que incluyó la construcción de las iglesias cristianas como la de Nuestra Señora
de la Natividad en Zapotitlán.
La construcción de la iglesia y otras como el actual palacio municipal,
corrieron a cargo de los indios y habitantes mestizos que eran forzados a
trabajar sin paga mediante el sistema de faenas durante la época colonial,
sistema que perduró mucho tiempo después de la revolución de Independencia1.
La población totonaca original fue prácticamente extinguida por las
enfermedades, la explotación y la guerra. Los españoles trajeron más población
nahua para poder seguir teniendo mano de obra e incluso hoy en día los
representantes de esta etnia también son ya escasos.
Los indios de aquellos tiempos vestían calzón de manta a la cintura y hasta
los tobillos, con un cinto de cuero para albergar el machete y con los
huaraches y el sombrero de rigor. Las mujeres vestían el quechquémitl de
gasa de algodón cubriendo la blusa bordada, la falda de manta blanca hasta 10
cm debajo de la rodilla, ya fuera con huaraches o descalzas, pero siempre
adornadas con collares y arracadas1. Al día de nuestra visita
todavía vimos a muchas mujeres, jóvenes o ancianas, vestir la blusa bordada de
motivos diversos, otras llevaban ya un vestido blanco también bordado. Las
menos de acuerdo a la cultura urbana del siglo XX, vaqueros y blusas de fibras
sintéticas.
Para cerrar la noche, fuimos invitados a visitar las grutas que se
localizan al norte del poblado, cruzando el río Zempoala y que es donde hemos
señalado que se encontraron vestigios prehispánicos. Estas cavernas se formaron
por la disolución de la roca calcárea que el agua que se filtraba de la
superficie del cerro ocasionó al paso de los milenios. Cuando los profesores
nos informaron acerca de esta visita la expectación entre mis compañeros creció
súbitamente, finalmente es fascinante, o hasta temible, para cualquier ser
humano adentrase en una cueva, regresar al origen. La entrada a la gruta era
pequeña y se localizaba en un punto medio del cerro, estaba resguardada por una
reja cerrada con candado. Se nos había pedido llevar linternas y “remangarnos”
los pantalones hasta la rodilla pues la gruta estaba inundada en un cierto
punto. Algunos afortunados llevaron sandalias pero yo no tenía así que tuve que
mojar mis botas.
Las grutas eran la prueba de que las montañas de Zapotitlán estaban
formadas por distintas capas de materiales. Nuestros guías, dos muchachos del
pueblo que habitaban el terreno contiguo a la gruta (que hoy se llama Karmida),
nos mostraron las curiosas figuras que el agua había pulido sobre la roca. Se
observaron las clásicas estalactitas y estalagmitas que desafiaban a la
gravedad. No importaba que tuviera los pies mojados, aquella experiencia se me
grabó en la mente para siempre, no puedo decir que no tuve en cierto momento
algo de miedo y claustrofobia dentro de la caverna, especialmente cuando
decidimos todos apagar nuestras linternas para experimentar en carne viva la
oscuridad plena.
Esa noche regresamos a la posada del pueblo, cenamos un poco y no hubo ya
energía para casi nada más. Se cuenta que algunos compañeros si salieron a
buscar yolixpa (especie de aguardiente) pero al menos yo no los vi.
1 Información tomada de la página de Facebook "Historia y Tradición Oral de Zapotitlán de Méndez"

No hay comentarios:
Publicar un comentario